Motel Niagara
Acabo de recoger la basura de la sala de clases y no me puedo sacar de encima saber que mi ex novia pasó una noche en el motel Niágara. Por la ventana, lo único que brilla son las micros. Acaba de terminar la clase de música.
Celeste tiene tres años más que yo. La conocí un domingo, cuando saqué su mail de esas cartas cadenas asquerosas donde “si no respondes dentro de los próximos 10 minutos caerá un meteorito al patio de tu casa y descubrirás que eres pariente de Álvaro Scaramelli”. La sumé a mi lista de contactos. Luego de saludarnos y enviarnos letras de canciones, nos citamos finalmente en el Loveparade.
Estación Baquedano, tres de la tarde. No nos despegamos todo ese día. Fue automático. Como que nos cuidamos de todo ese ambiente festivo que nos rodeaba. Vimos a un tipo de Rojo sacando fotos de un camión con chicas semidesnudas. De la nada, al caer la noche, estábamos abrazados frente a un tipo que pinchaba discos en un escenario gigante. A nuestro lado vomitaba un borracho. El domingo nos citamos en el Parque Forestal, frente a un café con onda, y nos besamos por primera vez.
Está medio perdida en la vida. Una tarde, cuando iba en tercero medio, se encerró en el baño y se intentó cortar las venas en una tina llena de agua y jabón Lux. Estaba acompañada sólo de sus libros. Por ese motivo, su padre, un ingeniero en minas que nunca está en casa, intentó que la internaran. Su mamá no lo permitió. La sacaron del colegio y empezó a leer a Tolstoi.
Lo que me duele tanto me lo contó una tarde cualquiera en un lugar que ni recuerdo. Lo había hecho con un tipo de 30. Tomaron desayuno juntos y estoy seguro que abrazados y desnudos miraron el Cartoon Network. Desde ese día, cada vez que me hablan de sexo con tono de bar me da algo de miedo, repulsión y pena, en especial cuando se cuentan historias de motel, que podrían pasar como parte de una sitcom en el Niágara. Como esos cuentos que pasan en Canal 7 repletos de actores sobreactuados. Como “Gracias del chileno medio” que, recién pagado, toma el auto, busca a su novia, comen, cogen y vuelven a casa sin ni un “te amo” de por medio.
El desamparo tiene la forma del motel Niágara, que observado desde el colectivo que conduce al Metro se empina blanco en las afueras y caro en el subconsciente.
Toda La Florida se parece al motel Niágara: los colegios, la municipalidad y el shopping: colores pastel que encubren un desierto humano acompañado de un montón de reprimidos que esconden sus peores perversiones. Al final, hasta los supermercados son más honestos que las personas que transitan por estas calles, sin pensar más que en el DVD y la cuenta del teléfono.
Los libros son caros, pero no la diversión. El Costa Varúa y todos esos famositos ignorantes, los Arturos Tonton, los Pinilla. Las ventajas de una mediocridad animal. Lo humano se puede ir al carajo, acá lo que importa es la forma de tu cara, no lo que llegues a decir. Chilito es así. El invierno mata, a menos de que vivas en San Carlos de Apoquindo, como Sofía, cuyo progenitor estaba dispuesto a pagar para que, vestida de blanco, en un siquiátrico, pudiese farrearse la vida en torno a su depresión. Si a mí me sucediese eso me enviarían con una buena patada en el culo a la cama, donde estaría llorando por días. En el peor de los casos, me transformaría en una mala copia del Divino Anticristo, gritando “tengo hambre” de forma desgarradora en una salida de Metro. Hasta esa diferencia existencial es clave según el tamaño de tu bolsillo.
Y a eso van mis sensaciones encontradas respecto al sexo y los sentimientos: tipos con dinero que se acuestan en comunas pobres y parejas en mediaguas que no se pueden besar. Hasta acostarse tiene un contexto distinto según dónde vistas, dónde vivas o qué música escuches.
Santiago no está hecho para hacer el amor. Estoy seguro que París tampoco. Gracias a eso, tal vez, estoy aquí parado. El método de Billing falla y las personas también. El destino quiso que mi ex pasara una noche en ese lugar sin mí, antes de conocerme, y no es su culpa, ni tampoco mía, ni menos del hijo de puta con que estaba en ese minuto. Tal vez, el consuelo vendría si existiera un Dicom de parejas: tendríamos un buen prontuario para asumir los celos. Nunca sabes cuál será la próxima boca que besarás ni a quién tendrás en tus brazos la próxima semana. Por eso, la jornada en que mi madre me contó que visitaba moteles con mi padre se terminó mi infancia. Desde ese día, en mi puta y triste vida todos somos humanos.
Publicada el Domingo 25 de junio de 2006
COLUMNA DEL DOMINGO: La Infoxicación
Públicada en La Nación Domingo, 21 de Marzo de 2010
Internet llegó a mi casa cuando yo tenía 14 años. Ya teníamos cable y había sólo un noticiero en español en la CNN, cuya señal internacional era la única emisora de noticias de unos 15 canales que tenía el TV Max, que era microondas.
Las únicas verdades que tenía de alternativa para consumir eran mi papá, mi mamá y mis profesores en el colegio. Ellos eran lo oficial. Y los libros y diarios que llegaban a mi casa tenían derechamente que ver con eso. Cuando apareció el computador multimedia (con CD-ROM), el espectro de información creció.
Mi hermana chica tiene diez años. Internet está desde que nació en el hogar. Se conectaba a los 2 a MSN y nos mandaba emoticones saludando y jugaba con el computador. Yo tuve sólo el Cartoon Network. La oferta de ella contempla ése y seis canales más. Al lado de ellos, hay dos señales de noticias en su idioma y locales. Además de eso, en su mundo, en su computador, están igualados los Jonas Brothers y Juan Andrés Salfate, el experto en conspiraciones de Red TV. O sea, de su inocencia, puede hacer click en la misma pantalla a teorías terribles sobre el fin del mundo. Y después saltar a un video de Miranda.
Mi hermana, como usted, está expuesta a cientos de rumores infundados. Desde que viene una réplica dantesca (término preferido de la prensa nacional, ahora todo es dantesco) hasta que esto es un proyecto secreto gringo. Esto obviamente no pasa por los diarios que desprecian (y deben hacerlo) todo el material trasher online.
El problema es que todos igualamos la data. Algunos poseen cierta formación y pueden filtrar, pero dudo que la señora que escuchó que un primo de un amigo de la Onemi (por que en este país todos tienen amigos ahí parece) pueda diferenciar.
¿Cuál es la misión de los periodistas en estos casos? Una que ignoran y que los desconecta de su público: saber utilizar las herramientas de internet como una prioridad en las redacciones. Entender las tendencias que se dibujan, para no sólo buscar reacciones, atención o rating (ojo que las generaciones envejecen y todas estas redes sociales que hoy muestran qué opina la gente en diez años son ley en todos lados, o sea servirán para proyectar nuevos productos), sino también para hablar el idioma de la población y poder ayudarles a comprender que, por ejemplo, es imposible que alguien pueda predecir un terremoto y que hasta el sistema de alertas de Japón falla a veces y no sucede lo que se proyecta.
El mal de la prensa se refleja en que en la era Concertación se dibujó el concepto de la Señora Juanita, que caló hondo en editores que querían ser el discovery kids de los informativos: monitos y manzanitas y vamos repitiendo cinco veces lo que dijimos al inicio con otras palabras. Es cierto que nuestro país necesita un nivel cultural superior para poder aspirar a tener otros códigos en el trabajo del periodismo, pero también si nosotros no los invitamos a aprender, y nos quedamos ahí, probablemente siempre serán ovejas serviles a la primera oferta, incapaces de dudar de cualquier porquería que les envíen por e-mail.
Como le envié a mis twitteros amigos: “muchachos, no es que el mundo se vaya a acabar. Lo que pasa es que ahora hay más formas de recibir noticias”. Y muchas. Millones.