Mar 21

Públicada en La Nación Domingo, 21 de Marzo de 2010

Internet llegó a mi casa cuando yo tenía 14 años. Ya teníamos cable y había sólo un noticiero en español en la CNN, cuya señal internacional era la única emisora de noticias de unos 15 canales que tenía el TV Max, que era microondas.

Las únicas verdades que tenía de alternativa para consumir eran mi papá, mi mamá y mis profesores en el colegio. Ellos eran lo oficial. Y los libros y diarios que llegaban a mi casa tenían derechamente que ver con eso. Cuando apareció el computador multimedia (con CD-ROM), el espectro de información creció.

Mi hermana chica tiene diez años. Internet está desde que nació en el hogar. Se conectaba a los 2 a MSN y nos mandaba emoticones saludando y jugaba con el computador. Yo tuve sólo el Cartoon Network. La oferta de ella contempla ése y seis canales más. Al lado de ellos, hay dos señales de noticias en su idioma y locales. Además de eso, en su mundo, en su computador, están igualados los Jonas Brothers y Juan Andrés Salfate, el experto en conspiraciones de Red TV. O sea, de su inocencia, puede hacer click en la misma pantalla a teorías terribles sobre el fin del mundo. Y después saltar a un video de Miranda.

Mi hermana, como usted, está expuesta a cientos de rumores infundados. Desde que viene una réplica dantesca (término preferido de la prensa nacional, ahora todo es dantesco) hasta que esto es un proyecto secreto gringo. Esto obviamente no pasa por los diarios que desprecian (y deben hacerlo) todo el material trasher online.

El problema es que todos igualamos la data. Algunos poseen cierta formación y pueden filtrar, pero dudo que la señora que escuchó que un primo de un amigo de la Onemi (por que en este país todos tienen amigos ahí parece) pueda diferenciar.

¿Cuál es la misión de los periodistas en estos casos? Una que ignoran y que los desconecta de su público: saber utilizar las herramientas de internet como una prioridad en las redacciones. Entender las tendencias que se dibujan, para no sólo buscar reacciones, atención o rating (ojo que las generaciones envejecen y todas estas redes sociales que hoy muestran qué opina la gente en diez años son ley en todos lados, o sea servirán para proyectar nuevos productos), sino también para hablar el idioma de la población y poder ayudarles a comprender que, por ejemplo, es imposible que alguien pueda predecir un terremoto y que hasta el sistema de alertas de Japón falla a veces y no sucede lo que se proyecta.

El mal de la prensa se refleja en que en la era Concertación se dibujó el concepto de la Señora Juanita, que caló hondo en editores que querían ser el discovery kids de los informativos: monitos y manzanitas y vamos repitiendo cinco veces lo que dijimos al inicio con otras palabras. Es cierto que nuestro país necesita un nivel cultural superior para poder aspirar a tener otros códigos en el trabajo del periodismo, pero también si nosotros no los invitamos a aprender, y nos quedamos ahí, probablemente siempre serán ovejas serviles a la primera oferta, incapaces de dudar de cualquier porquería que les envíen por e-mail.

Como le envié a mis twitteros amigos: “muchachos, no es que el mundo se vaya a acabar. Lo que pasa es que ahora hay más formas de recibir noticias”. Y muchas. Millones.

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