Dec 09

Guillermo Venegas y su mítico clan - el desaparecido Memito, la milenaria señora Hildita, la Paolita, y Silvia Maturana de Venegas – están apernados en la tele. Como Don Francisco y familia. Nadie puede negar que Los Venegas son “la sitcom” de este país. Son los vecinos que no se cambian de casa, hacen ampliaciones y todavía no las regulan con la ley del mono. Es la hora de almuerzo y el “subidubi, su bidubidubi” que sin mensaje alguno adereza todas las ensaladas. 

Así ha sido desde el 89: Los Venegas son la transición y sus valores. La medida de lo posible, los frutos del libre mercado y todos los miedos y costumbres del chileno medio: perder la pega, pelearse con la señora, criar hijos y comer pan con palta. Los Venegas son la frutera con los plátanos maduros que nadie se come, y las peleas por cual es el mejor equipo de fútbol. Los Venegas son en el fondo, el reflejo de los años de Concertación, y a su vez, la mejor campaña para su continuidad. 

En 1995, cuando corría el rumor de su definitiva cancelación, la por entonces Primera Dama Marta Larraechea de Freí, envía una carta a TVN. Toda una visionaria: ni Bitar, ni Krauss, ni Zaldívar, ni Tironi vieron que en sí, Los Vengas representan todos los valores que la Concertación ha cultivado a lo largo de los años, más allá de los discursos: a ud. le puede pasar de todo; le van a subir la bencina, su jefe lo explotará (como el señor Retamales), sufrirá los embates de la crisis asiática, se sentirá indefenso y nadie va a mover un dedo. Lo va a tener que asumir como pueda. Y eso es lo que hacen Los Venegas: sobrevivir sin decir ni pío. Y les resulta, son felices y hasta incluso les va bien. 

Como serie, Los Venegas no tienen conflicto alguno. Solo están ahí, atrapados en la pantalla. No hay política -que a la vez, como todos sabemos, es toda una forma de hacer política- y la actualidad los afecta, aunque jamás explícitamente. Ejemplo: La reactivación económica actualmente tiene al pelado de empresario. Han envejecido en pantalla y han entrado y salido personajes. Aunque jamás ha salido de pantalla el mítico compadre Moncho (interpretado por Adriano Castillo) el rebelde perfecto para el sistema: flojo, patán, mujeriego, cuyo único acto de protesta es tomarse un bidón de cerveza. Al fin y al cabo el representante de todos esos funcionarios que han logrado su puesto a punta del “amigo del amigo” y que sonríe con un vino navegado en la reunión del partido. Y por tanto, potencialmente inofensivo. 

Los Venegas del país aspiran a tener un mejor auto, una mejor casa, un refrigerador más grande y un microondas nuevo. Jamás verá ud. al pelado de la serie invertir en un libro. Y es que básicamente, los Venegas son gente que no reclaman, y por lo tanto sus aspiraciones son todas esas cosas que en un país de verdad deberían darse por sentadas: la salud, la educación, la seguridad social eficiente y para todos. Los logros de Los Vengas son resultado del chorreo económico, nadie se preocupo de dárselas especialmente, porque tampoco las pidieron. 

A pesar de todo a la familia Venegas (como al país), mal no le ha ido. De hecho ahora ganan más dinero, tienen nana y salen de viaje al extranjero. Han emprendido sin pelear, sin alegar, solo esperando. Como diciendo “mire, ud. Puede ser tan ignorante y mediocre como el pelado o su amigo el compadre, pero tranquilo! El chorreo si funciona! Ahora son empresarios”. 

En síntesis: gente controlable que agacha el moño. En un momento, Cabrera y Venegas se rebelan contra la explotación tras años de ahorro y reúnen el dinero suficiente para dejar la empresa de Retamales y formar su propia Pyme de venta de huevos. En el momento que le comunican la noticia a Retamales, este se pone a llorar ya que no quiere quedarse solo, por eso Moncho y Venegas se apiadan de el y le ofrecen trabajar con ellos. En ese momento, Retamales dice que el único trabajo que conoce es el de mandar, y por eso, lo aceptan como jefe de su propia microempresa manteniéndose el status quo en la serie.

Por eso mismo, en los últimos 17 años la calidad de la serie ha ido decreciendo. Ya están viejos, sus hijos crecieron, Venegas llego a a ser jefe, la suegra casi se muere. Están atrapados en su propio destino, como todas las señoras que a la hora de almuerzo miran el programa y lustran los zapatos de sus hijos más chicos con betún Virginia. Como las nanas que pelan papas y los tienen sonando de fondo. Solo están ocupando el tiempo, jugando a que van a trabajar, a que les suceden cosas. 

Por eso se mantienen extrañamente vigentes: no por nada han pasado miles de programas con mucha más audiencia y presupuesto, en cambio una serie que no la ve casi nadie, sigue ahí. Por los siglos de los siglos. 

Y es que a esta altura, los Venegas son como Tironi, nadie sabe si son buenos, pero siempre van a estar. 

Publicado en ZONA.CL de El Mercurio el 9/3/2006

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